
En el complejo agroecosistema del olivar, además de las "nuevas" enfermedades fúngicas descritas en los últimos años (Phytophthora, Botryosphaeria y Neofusicoccum, Neofabraea, Colletotrichum spp., etc.), algunas micosis generalmente consideradas patologías de menor importancia para el cultivo vuelven a causar daños considerables. Entre estos, el hongo responsable de la cercosporiosis (Pseudocercospora cladosporioides (Sacc.)—U. Braun), también conocido como “Fontanería” del olivo.
La principal consecuencia de la enfermedad es la caída prematura de hojas infectadas, con debilitamiento general de la planta y efectos negativos en la producción y en la capacidad de resistir ataques bióticos y abióticos. La fruta afectada puede caerse y el aceite obtenido de él puede tener altos niveles de peróxidos. Los estudios realizados han constatado que la filoptosis temprana pueden determinar pérdidas de hasta un 20% en la producción del año siguiente. La sensibilidad varietal es notablemente amplia.
La enfermedad viene demasiado a menudo confundido con otras patologías del olivo: cicloconio, Colletotrichum, Neofabraea, etc. Esto, unido además al enfoque defensivo tradicional, que hace coincidir los tratamientos contra el ojo de pavo real con los de la cercosporiosis, ha contribuido, en los últimos años, a la difícil gestión y consecuente difusión del problema fitopatológico en todos los olivares de la Península.
Sulla cara superior de la hoja están formados áreas cloróticas e irregularesque, con el tiempo, se convierten marrón-necrótico; en porción baja son obvios zonas gris plomo debido a la presencia de estructuras de fructificación asexuales del hongo (Trapero y Blanco, 2004). Los síntomas más evidentes se observan en las hojas viejas situadas en las ramas de la parte inferior de la planta, aunque son frecuentes las infecciones de las más jóvenes (4-5 meses).
La enfermedad es particularmente severo en plantas densas y vigorosas y mal ventilada. El patógeno se desarrolla más en los meses con temperaturas entre 10° y 20°C y con alta humedad (>80%), condiciones típicas de otoño-invierno tardío (Ávila et al., 2004). La producción de conidios se da principalmente entre los meses de octubre y marzo. La dispersión de patógenos se produce en distancias cortas, de hoja en hoja, aunque se ve favorecida por el viento y la lluvia (Junta de Andalucía, 2010). Las hojas caídas al suelo parecen tener un papel fundamental para la supervivencia del hongo, pudiendo constituir una importante fuente de inóculo (trapero et al.., 2009). El período de incubación (tiempo entre la infección y la manifestación de los síntomas) puede incluso superar los 9 meses (Trapero et al., 2011).
La defensa siempre se ha centrado en tratamientos de cobre coincidiendo con los del ojo de pavo real, con resultados no siempre concluyentes sobre la enfermedad. Estudios realizados por varios investigadores (F. Nigro et. hacia., 2000; Joaquín R. et. hacia., 2020) han destacado aspectos bioecológicos renovados del patógeno, con la propuesta de una nueva secuencia temporal de intervenciones fitosanitarias. Para cultivares susceptibles, una sucesión dlos cuatro tratamientos en febrero, abril, finales de agosto y finales de septiembre/octubre, cuando las infecciones aumentan debido a la esporulación resultante de infecciones residuales. Las experiencias realizadas en Abruzzo en el bienio 2019-2020 parecen confirmar estos datos.
Entre los sustancias activas más eficaces, además del cobre, se han reportado algunos estrobilurinas, triazoles y dodine. Es interesante mencionar un trabajo científico (Maria del Carmen Casado Muñoz et al.2017-XVIII Simposio Científico Técnico Expoliva Jaén) que probó la aplicación de un fertilizante mineral a base de potasio (óxido de potasio al 18%) con buenos resultados.
En definitiva, será necesario mejorar la defensa contra la cercosporiosis y centrado en una correcta identificación de los síntomas, una gestión agronómica sostenible del olivar y en intervenciones fitoiátricas bien calibradas en los periodos de aplicación.
NOTA FINAL – El hongo fue reportado por primera vez, en 1880, por Saccardo. Identificada por González Fragoso, en 1925 en Sanlùcar la Mayor, fue reconocida como patología del olivo en 1941 en California y en 1952 en Italia por Pettinari, quien señaló su presencia en todas las zonas olivareras italianas y, en particular, en Puglia (Salento) (Ávila y Trapero, 2010).
Presenta una alta especialización patogénica al atacar sólo Olea europaea L., aunque en América del Norte Pseudocercopsora cladosporioides ha sido reportada como una posible causa de pudrición de la hoja en Prunus laurocerasus (datos no confirmados).
Accademico dei Georgofili, de la Academia Nacional de Agricultura
y de la Academia Nacional de la Aceituna y el Aceite



















